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El personal civil Juan Benavente, técnico electrónico de la Fuerza Aérea e integrante de la dotación 45 de la Base Marambio, cuenta su experiencia en la última campaña antártica
Por PC Juan Benavente


Diario de viaje, 24 de octubre de 2014, 16:31. Dormité un rato, ahora la visibilidad mejoró. Busco a través de las arduas ventanillas de ojo de buey del veterano Hércules C-130, alguna referencia. Sobrevolamos islas y canales aunque no reconozco bien dónde estamos. Cadenas de montañas nevadas emergen de la tierra parda y verde oscura de vegetación; el verde, un color que no veía en el suelo desde hace un año. Se distinguen algunos caminos sinuosos, creo que estamos sobre Tierra del Fuego. Tantas cosas sucedieron estos días, estas últimas semanas. Tan rápido pasó todo que no alcanzo a tomar conciencia. ¿Cuál es la realidad? ¿Aquel lugar inhóspito y tan hondo que ya alimenta a mis recuerdos, el futuro de llegar a una enloquecedora ciudad de la furia, donde la vida es más bien una atomizada carrera de supervivencia y violencia física y simbólica? ¿Ambos? Es como estar siendo arrancado de un sueño, ni más ni menos. Un sueño de un año, que fue duro por momentos, muy duro. Extraordinario, real, increíble. Yo adivino el parpadeo de las luces que a lo lejos van marcando mi retorno…

Como en el tango; pero son las luces de la ciudad patagónica que se aproximan; quedan atrás El País de los Hielos y el blanco manto de las nubes debajo de nosotros que nos acompañó durante buena parte del vuelo de regreso.

La Antártida, la fantástica Antártida… La felicidad de volver con los afectos y la familia luego de un año de vivir en la pequeña isla Marambio, se mezclan y confunden con la tristeza más honda y las lágrimas al subir al avión que nos devuelve al hogar; el deseo oculto de querer y no querer volver aún. La sensación y la certeza de saber que la misión no ha terminado, que todavía le queda resto a esta espalda y a este corazón para permanecer un tiempo más en la Antártida, colaborando en ese remoto lugar con el país que uno tanto quiere y que a veces tanto nos lastima.

Así, con el alma cruzada de sensaciones fueron los últimos días en la Base Marambio, en el vuelo de regreso… Fui el último en abordar el avión, no sin antes inclinarme en ese suelo árido y frío y tomar un poco de tierra con la mano descubierta, como para palpar su textura. Fue un íntimo ritual de despedida, una despedida transitoria, así lo deseo. Porque para algunos de los que vivimos allí, la Antártida nos puede. Nos atrapa, nos seduce, nos encanta en el sentido más primigenio del término. No nos deja no volver.

¿Qué te gusta de ese lugar frío, remoto, hostil, precario, colmado de restricciones, en situaciones de convivencia que a veces son muy difíciles? Pregunta de cabecera que suele hacer la familia, las personas en general. Y confieso no tener una respuesta acabada con palabras, es una respuesta del alma más bien, con trazos temblorosos de letras. El desafío permanente frente al clima y las restricciones, la convicción más profunda de estar “haciendo patria” como mucha gente nos dijo, de sentir que estamos haciendo historia, una historia diferente a la cotidiana, de explotar al máximo lo que uno puede hacer, de poner a cada rato toda la experiencia profesional y de vida; de estar por momentos al límite de las posibilidades físicas y del propio cuerpo; de sentirse –como me siento- que uno pertenece a ese sitio más que a otro. Porque si bien lo intuí así antes de partir para Marambio en 2013, lo confirmé durante mis días y noches en la Antártida.

Nací en Quilmes, ciudad a la que vuelvo, ciudad donde están mis afectos más profundos. Pero si me preguntan de dónde soy, a dónde pertenezco no lo dudo: soy de la Antártida, soy un antártico. Y ya no quiero ser otra cosa. Podré vivir la mayor parte de mis días fuera de aquel lugar, pero mi espíritu está allá. ¿Un lugar en el mundo? Tal vez, si se prefiere ver así.

Recorro en soledad mi diario personal, ese texto básico e inconcluso que fui construyendo con las rutinas de los días y noches en la Base Marambio, rutinas mechadas con algunas impresiones íntimas, con alegrías y dolores, como cuando me comunicaron que mi hijo menor, Máximo, fue hospitalizado por una crisis alérgica. Esos dolores que se multiplican a la distancia, nos desarman como el cataclismo más formidable. Porque si bien hoy las comunicaciones nos acercan mucho más a nuestras familias, también, allá, nos preocupan mucho más. Podemos colaborar, pero somos impotentes para resolver, a 3.400 km de distancia de nuestro hogar, muchas situaciones.

Y así algunos, en la soledad antártica y en la compañía de los buenos camaradas, acudimos a la fe como esa gran esperanza, ese camino que creemos nos lleva de vuelta a nuestros seres queridos y los protege.

No soy un devoto cristiano, menos aún un católico practicante, pero cada uno busca los sinuosos caminos para encontrarse con la espiritualidad religiosa, una de las formas de la espiritualidad. Así también buscamos en la Antártida, donde el horizonte de la espiritualidad se ensancha sin límites. Sensación o falsa creencia poco importa, importa la profunda convicción que tenemos, que nos mueve a buscar.

Recuerdo la voz pausada y oriental de Eduardo Galeano: “Ella está en el horizonte. Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos más. Por mucho que yo camine no la voy a alcanzar. ¿Para qué sirve la utopía? Sirve para eso: para caminar”.

Camino ahora otro camino. Difícil, complejo. Con muchos desafíos, pero pocos como aquellos del País de los Hielos que tanto movilizan.

No podré –ahora lo sé- quitarme a la Antártida de mi vida. A cada paso ella está, alejándose y acercándose.

Vivir esa experiencia es un privilegio que pocas personas tuvimos. Y ese privilegio nos da la enorme responsabilidad y la obligación moral y ciudadana de compartirlo. Eso creo desde que hacíamos videoconferencias desde la base, desde que los niños y jóvenes nos preguntaban, ávidos de saber, como vivíamos allá.

Estoy yendo por las escuelas que me invitan a llevar parte de la Antártida. La llevo en relatos, en imágenes, en piedras.

Tras concluir la última charla, una niña inquieta de saber se acercó, vio maravillada esas piedritas que mostraba y me dijo fascinada: “Quiero ir a la Antártida”. No hay nada más reconfortante que eso, sea uno docente o no. Inquietar, despertar la imaginación, contagiar el entusiasmo por el conocimiento o por la aventura. Fue lo mejor que me pudieron decir. Improvisé una respuesta de manual, convencional, pero cierta. “Estudia mucho y deséalo”.

La niña se fue contenta. Yo me quedé pensando que todo eso vale la pena. Ojalá mis hijos, que sienten de otra manera el esfuerzo, puedan comprenderme.

Vuelvo a mi diario. 25 de octubre, en algún lugar sobre la Patagonia. Este diario va finalizando, como esta experiencia. Una y otra vez me preguntaré, tratando de encontrar las palabras, qué tiene este desafío que nos interpela tanto y permanentemente. Pasarán los años y las circunstancias, pero ella, la Antártida, seguirá estando allí, aquí adentro, como una parte de nuestro ser. Como un amor. Creo que la Antártida no está allí, o sólo allí afuera. La Antártida es lo que nos hizo brotar adentro nuestro ese lugar fantástico, que desafía como casi ningún otro a los hombres. Nos pide volver sin pedirlo, nos reclama, nos grita. No nos dejará nunca.


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