EL CONTINENTE BLANCO: UN PARAISO


Por PC Juan Benavente, desde la Base Marambio
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El Continente Blanco: un paraíso El Continente Blanco: un paraíso El Continente Blanco: un paraíso El Continente Blanco: un paraíso El Continente Blanco: un paraíso El Continente Blanco: un paraíso El Continente Blanco: un paraíso El Continente Blanco: un paraíso


Luego del abastecimiento de combustible, el piloto encendió el segundo motor del DHC-6 Twin Otter. Noble, robusto, confiable. Pasajeros y carga listos, y el rodaje hacia la cabecera sur de la pista de permafrost alisado de la Base. Motores a pleno, el zumbido de diez mil abejorros y el tirón del inicio del despegue. Carrera corta y el avión ya está en el aire.

Así comenzaron casi dos intensas e inolvidables horas. Tal vez para la tripulación, baqueana en estas rutas, un vuelo como cualquier otro. Sí y no. Porque cada vuelo es como un día en la vida, no hay dos iguales, a pesar de las semejanzas. Nunca las mismas nubes, el mismo viento, el mismo cielo, la misma claridad, la misma meteorología, el mismo desafío. Las montañas sí, en el lapso de una vida humana poco cambian, pero todo alrededor hace que cada día y cada vuelo sean diferentes.

Ascendiendo a unos 600 m, el avión tomó rumbo. Vale recordar las palabras de Ralph W. Emerson: “El amante de la naturaleza es aquel que ha conservado en su madurez el espíritu de la infancia”. Así me sentí aquella tarde: un niño azorado ante tanta naturaleza.

Aún no cesa la fascinación por esos parajes indómitos, crudos y sublimes a la vez, poco o nunca transitados. Describirlos no es tarea fácil, librarlos a la imaginación lo es, pero poco puede aportar a su entendimiento. Tal vez el dato empírico, la descripción llana, importe menos que la im-presión, la que pulsa hacia adentro. Tal vez sea la excusa para justificar la imposibilidad de captar con palabras ese enorme escenario natural.

Un mar azul intenso por momentos cubierto totalmente de blanco, de un blanco sin máculas. Cascotes de témpanos y témpanos como islas; placas de hielo que hacen impracticable por ahora la navegación, icebergs cuyos cuerpos submarinos y esmeraldas se pierden en el abismo azul. Las isla Ross primero y Vega después, al oeste, cubiertas de glaciares; otras islas salpicando al mar.

No hay cámara de video ni tecnología que logre captar la magnitud de este lugar. Otra vez, ex post, late Emerson: “la naturaleza nunca muestra una apariencia vulgar”. En la Antártida esta afirmación se agiganta, se multiplica a la vez que estalla.

Hay una revolución de los sentidos, del espíritu. Una y otra vez pensaba, pienso: aquí los detalles de una vida superflua se pierden. Como Thoreau cuando se fue a vivir al bosque, estos momentos nos hacen vivir profundamente y extraer toda la médula de la vida. Para quienes tenemos hijos y seres a los que pertenecemos como un abrazo y un soplo de vida, pueden parecer egoístas estos instantes. Nuestra obligación es abrir el pecho y el alma para que puedan asimilar algo de esta plenitud y de esta pasión, para que ellos descubran otras. Cada viaje debe trastocarnos en la profundidad de nuestro ser. Cada viaje ha de ser un viaje hacia nosotros también.

De nuevo al avión, al vuelo. El cerro Taylor y la proximidad del glaciar Buenos Aires, un banco de nubes bajas vienen al encuentro; al atravesarlas, aparece la Bahía Esperanza, el mar calmo del mismo color azul intenso.

Ya sobrevolamos el glaciar y la “pista“, apenas una columna de banderines naranjas alineados unos cientos de metros indican que el lugar de descenso está al oeste de ellos. Unas personas anhelantes junto a trineos y motos de nieve aguardan nuestra llegada. Un pasaje de reconocimiento sobre el glaciar, un giro y el escueto anuncio del comandante, por radio: “Base Esperanza, aterrizaje”. Planeando casi en pérdida de sustentación sobre el glaciar, los pilotos imprimen potencia a los motores que dan el último zumbido antes de desacelerarlos para el contacto. La extraña sensación de patinar en un avión cuando los esquís rozan la nieve. Algunos saltos y el avión se desliza suave y afirmado en el suelo. El giro hacia la posición de nuestros anfitriones, el avión que detiene su marcha.

Descendemos de la máquina con los motores en ralentí (regulando a bajas revoluciones). Los saludos y abrazos con estos desconocidos, que esperan la carga con ansiedad y nos entregan tres pasajeros para la vuelta a Marambio. El ritual del bautismo de nieve para quienes llegamos por primera vez, las fotos, la alegría. Estamos sobre un enorme pastel de cientos de metros de nieve, el clima es frío pero muy agradable. No podemos estar mucho tiempo, las condiciones meteorológicas son cambiantes.

El regreso no fue menos. Una maniobra de despegue impecable, el avión corriendo pendiente abajo del glaciar, ascendiendo antes de patinar cien metros en la nieve… Un viraje sobre el mar color cian de la Bahía Esperanza, y la máquina enfilando velozmente hacia la improvisada pista. Todo pasó rápido y no pude disparar la cámara; ya estábamos sobrevolando la pista; los hombres junto a las motos de nieve batiendo los brazos eufóricos quedaron rápidamente atrás, junto al glaciar.

Ganamos más altura, los picos y rugosidades amarronados de los cerros sobresaliendo del blanco monumental de los otros glaciares, el cielo seguía tan azul como antes; pasada la tierra (nieve) peninsular, hacia el sudeste el mismo/distinto mar, las placas de hielo, los témpanos y icebergs allí, viviendo sin vivir, recibiéndonos sin recibirnos, sin ostentar ostentando. Pensar en este planeta que creemos nuestro y que sólo nos ha dado vida y amparo a cambio de destrucción y desorden.

A lo lejos la silueta del Cockburn, esa pequeña isla azabache que semeja un volcán sin serlo, emergiendo frente a la otra isla marrón, la única inconfundiblemente marrón de toda la Antártida, la que nos espera: Marambio. Frente e frente, esas dos islas exentas rápidamente de nieve batidas por los fuertes vientos del sur, casos paradigmático de la zona. Pasando a altura sobre la meseta del Cockburn, a oriente de su pico que nunca erupcionó ni lo hará. El viraje hacia la izquierda, sobre Marambio ya, sus colinas cubiertas de cicatrices blancuzcas, los chorrillos de nieve que articulan un verdadero sistema nervioso hidrográfico, corriendo siempre hacia el mar. Los acantilados orientales de la isla y la meseta hacia el norte, notablemente visible su chatura desde muy lejos.
Allí otra vez, el avión en busca de la ansiada pista de piedra y permafrost; el sacudón del contacto con la tierra.

Una palabra súbita ganó mi mente, me deslumbró tanto como el blanco de los glaciares y los témpanos: paraíso. En nuestro imaginario corriente y occidental, el paraíso suele ser un lugar cálido, habitado por primigenios humanos que disfrutan de una naturaleza desbordante y virgen. Allí, nos dicen las escrituras, Dios dejó a Adán y Eva. Lo que vino después fue un largo río de historias y caídas. Paraíso es la antigua utopía del lugar por excelencia, ¿Qué grupo humano no tuvo su paraíso?

Estos páramos helados y rústicos, hostiles para el desprevenido humano, no parecen cubrir las expectativas de un paraíso, menos de un jardín. Sin embargo, no hay viajero que no haya sido encantado por su avasallante presencia. Tempestad o calma, el lugar golpea fuerte y hondo. Tantos humanos vinieron y vienen hacia aquí buscando algo, buscando el desafío y los propios paraísos… El plural se hace singular, y viceversa.

Tal vez sea hora de trastocar nuestras creencias; sintiendo y siendo.

Si existe un paraíso, no creo que se encuentre lejos de este lugar.


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