“VINE A MARAMBIO CUANDO NO HABÍA CASI NADA, APENAS UN ALOJAMIENTO, EL ACTUAL EDIFICIO HISTÓRICO N°2”


Luis Guerra, personal civil de la Fuerza Aérea Argentina, contó sus vivencias como mecánico de helicópteros en la Base Antártica
Por Juan C. Benavente, desde la Base Marambio


Luis Guerra es personal civil Superior I y pertenece al grupo de apoyo terrestre del Escuadrón de helicópteros MI-171E que cumplió su primera Campaña Antártica de Verano (CAV) en la Base Marambio. Sin embargo, para Guerra no es la primera campaña. Él conoce el lugar desde hace mucho, “cuando en esta meseta había tres o cuatro edificios y un avioncito (el DHC-6 Twin Otter) solitario junto a la pista de aterrizaje”.

El encuentro fue en el comedor de la Base Marambio. Amable, austero con las palabras pero afable al diálogo, el porte de trabajador incansable de Luis va a la par del andar pausado, típico de un oriundo de Santiago del Estero.

Guerra compartió vivencias con algunos de los fundadores de la Base Marambio, aquellos decididos y valientes argentinos que vivieron en carpas en un lugar en que el viento parece eterno. El Pampero o el Zonda, por mencionar apenas dos vientos criollos famosos, son apenas suspiros comparados con los antárticos.

Actualmente vive en Rafael Castillo, y sus cuatro hijos —dos varones y dos mujeres— están profundamente orgullosos de que su padre haya realizado varios viajes a Marambio y de que aun lo siga haciendo. La primera vez que pisó suelo Antártico estrenaba su paternidad: “durante mi primera CAV a Marambio mi hijo tenía apenas seis meses, fue difícil pero se dio la oportunidad”.

“Ingresé a la Fuerza Aérea en noviembre de 1974 y un año después ya estaba viajando en el buque Cándido de las Alas rumbo a la Antártida, como miembro de la Campaña Antártica de Verano 75-76”, relata Guerra con su hablar pausado, por momentos gutural pero enfático. Tras los lentes, su mirada busca los recuerdos de cuatro décadas de trabajo en la FAA, siempre entre los helicópteros de la VII Brigada Aérea. En esa Unidad, Guerra se desempeñó como mecánico de estructuras, montador de aeronaves y chapista, hasta el cargo de Inspector de Estructuras Metálicas que ocupa desde hace seis años.

En 1975 se transportaron en barco dos helicópteros Bell UH-1H en viaje directo a Marambio desde el puerto de Buenos Aires. “El Cándido navegaba detrás del rompehielos General San Martín, que iba abriendo el paso entre los hielos”, recuerda Guerra. En 1977 Guerra también llegó a Marambio en barco, en el Bahía Aguirre, para luego hacerlo siempre en avión Hércules.

Entre 1975 y 1982 este mecánico de aeronaves participó de todas las CAV, luego hubo una dilatada espera que duró muchos años, para retomar los viajes antárticos en 2010. “La verdad no puedo explicar lo que ocurrió durante los años que no volví a la Antártida, pero me emocioné al volver y me emociono cada vez que regreso a este lugar” explica Guerra.

TERRA AUSTRALIS

“Vine a Marambio cuando no había casi nada, apenas un alojamiento -el actual edificio histórico N°2, utilizado como depósito de abastecimiento-, un obrador pequeño y la usina. A finales de la década del ´70 comenzaron a construirse los actuales alojamientos y hacia 1977 se comenzó a construir el hangar que ya para 1981 estaba terminado”, recuerda Luis.

“El trabajo -continúa relatando Guerra- era muy intenso, no había distinción de jerarquías, todos hacíamos todo; nosotros, el grupo de helicópteros, éramos en total dieciséis personas para las dos máquinas, además la dotación de la Base era más reducida (unos veintiséis miembros) y el grupo de tareas, unas diez personas. No existían las comodidades actuales, todo era más precario”.

Así también era la infraestructura de comunicaciones: “Hablábamos esporádicamente con nuestras familias, aprovechando el enlace que nos hacían gentilmente los radioaficionados que hacían puente con Radio Pacheco -antigua estación de comunicaciones radiales de la empresa estatal ENTEL, ubicada en la localidad de Don Bosco, partido de Quilmes-. Así y todo, hubo veces que estuve veinte días sin hablar con mi familia” recalca Guerra, quien esbozando una sonrisa completa: “Hoy hay televisión, Internet, teléfonos, celulares, todo es muy diferente”.

Respecto de la operación en la pista de Marambio, Luis recuerda: “El Hércules solía aterrizar de madrugada, dado que la pista estaba blanda de día, no es como ahora, que tras tantos años de preparación del terreno, la pista está más firme”. El balizamiento de entonces era con tambores de 200 litros encendidos con maderas y combustible, a la vieja usanza aeronáutica.

VIENTOS DE CAMBIO

La llegada de los MI-171E a Marambio suplió el vacío que quedó tras la desprogramación de los Chinook durante finales de los ´90, es decir, la capacidad de trasporte medio y pesado mediante alas rotativas. Guerra no duda en comparar: “Volé varias veces en Chinook, incluso aquí, eran máquinas con una gran capacidad de carga, pero que costaba mucho esfuerzo ponerlas en condiciones de arranque, cinco horas de precalentamiento. Los MI-171E son algo más chicos, pero son más cómodos y estables en el vuelo y están mejor preparados para operar en condiciones como las antárticas”.

Pasadas las 23 hs. afuera ya era de noche pero muy pocas estrellas lucían en el cielo, la nubosidad seguía ganando en Marambio al cielo limpio. Algunos habitantes de la Base practicaban pool, otros ping-pong, la mayoría estaba en sus cuartos mirando TV, comunicándose con sus familias, charlando con otros compañeros. Luis Guerra se despidió, regresó a su alojamiento distante unos ciento cincuenta metros de la nave principal de la Base, conectada con ésta por una pasarela metálica, con pasamanos y luminaria, muy distinto a lo que vivió en los ´70.

El veterano mecánico fue a terminar de preparar su equipaje, porque ya estaba próximo el avión que lo devolvería a su ciudad de Rafael Castillo, a su familia. Una campaña de verano más, una emoción más.

Durante el último sábado que estuvo en la Base, Luis Guerra recibió un merecido reconocimiento a sus cuarenta años de servicio en la FAA y a sus campañas en Marambio.




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