“HACER KAYAK PARA MÍ ES UNA TERAPIA”


El cabo Lucas Sosa intercala su vida militar con este deporte acuático. Entre la aventura y el contacto con la naturaleza, considera que es la mejor forma de estar con uno mismo
Por Laura Pereyra


“Empecé a hacer kayak en 2005 gracias a un amigo. Un día me lo encontré en Tigre y me dijo: ‘tenés que venir a remar acá’. Yo no sabía nada, siempre me gustó el agua pero lo único que había hecho era navegar en velero. Me generó intriga y así empecé”, cuenta Lucas entusiasmado y distendido.

El kayak es un deporte que consiste en montar una embarcación -que lleva el mismo nombre- pero de menor longitud que un bote estándar y se utiliza un remo doble. Se suele practicar en el mar, ríos, lagos, embalses y pantanos y en el caso de que se quiera recorrer grandes distancias es necesaria una buena resistencia física, aunque no es una condición excluyente.

En el caso del kayak de travesía, la canoa utilizada está diseñada y confeccionada para realizar recorridos de media y larga distancia; tiene unas dimensiones de 5 metros de largo por 0,55 de ancho y cuenta con una serie de compartimentos (conocidos como tambuchos) con una capacidad de 100 kilos donde se guardan los elementos necesarios para el trayecto.

“Después de que mi amigo me prendió la lamparita, un domingo fui con él y su esposa y me inscribí en la escuela “Delta en Kayak”. No entendía nada y lo primero que hice fue subirme a un kayak triple, hicimos un paseo muy corto, desembarcamos en un parador y pasamos el día. Al sábado siguiente volví solo y alquilé uno simple. Hicimos una vuelta de dos horas y media y descubrí lugares que no conocía. Cuando te vas alejando de la zona urbana de Tigre y metiéndote en los arroyos es mucho más tranquilo, hay menos lanchas y menos tráfico. Ahí te sentís completamente solo, te conectás con la naturaleza, la mente se te pone en blanco y encontrás esa paz que no hay en la ciudad. Es una experiencia hermosa”, cuenta el deportista.

Para los principiantes, en las escuelas de kayak se realizan paseos cortos y se cuenta con la ayuda de un guía hasta alcanzar seguridad para remar solo. Después de esa primera experiencia, Sosa descubrió que el kayakismo era lo suyo, empezó a entrenar durante la semana cuando salía de trabajar y al poco tiempo ya tenía su propio bote.

“Para hacer una travesía de varios días, siempre salimos bien equipados. Es como ser un mochilero pero en el agua. No puede faltar un botiquín de primeros auxilios, un equipo de campamento, un calentador, una carta náutica y una radio VHF para comunicarnos con Prefectura Naval por si nos quedamos varados o tenemos algún accidente. Además, antes de partir, es importante enviarles el “derrotero” que incluye las rutas del recorrido, los datos personales de cada uno y los medios utilizados para comunicarnos”.

LA PRIMERA TRAVESÍA

Luego de un año de recorridos semanales y de adquirir los conocimientos y aptitudes necesarios, en 2006 surgió la posibilidad de lanzarse a la aventura y recorrer distancias más largas. Partiendo de Tigre y acompañado por un grupo de 25 personas, Lucas hizo un viaje de tres días por Paraná de las Palmas, uno de los principales brazos del Río Paraná.

En la mayoría de estas travesías los deportistas reman entre tres y cuatro horas y hacen paradas en el agua para descansar y consumir agua y alguna colación. El recorrido continúa hasta que cae el sol y localizan un parador donde acampar, alimentarse, higienizarse y pasar la noche.

Al recordar esa primera experiencia, considera que “para una persona que recién empieza es un logro muy grande. Cuando volvimos me dieron más ganas de seguir explorando, conocer lugares nuevos e ir en búsqueda de una mayor aventura. Generó en mi un desafío por superarme, aspirar a algo más grande y llegar a lugares un poco más lejanos”.

Además, durante esta travesía, que fue el puntapié inicial para lo que vino después, pudo conocer a Juan y Esteban, sus compañeros de ruta desde hace siete años. “Empezamos a remar juntos y cuando cada uno pudo comprarse su propio kayak lo primero que hicimos fue explorar el Delta que es un verdadero laberinto, tenés toda la vida para recorrerlo”.

ESTO RECIÉN EMPIEZA…

En la mayoría de los casos, todo se inicia como una aventura pero a medida que pasa el tiempo todo kayakista siente la necesidad de perfeccionarse y mejorar las técnicas, como es el caso del “roll”, que se utiliza para girar el kayak en el agua, con el cuerpo incluido, cuando se da vuelta accidentalmente durante un recorrido. “Con el empuje del remo y un golpe de cadera se logra volver a la misma posición. Practicando en una pileta y en el río lo logré y eso me dio seguridad para recorrer el río abierto y evitar que el kayak se llene de agua o me lo lleve la corriente”.

Conformar un buen equipo en el que todos mantienen el mismo espíritu de aventura y compañerismo hizo que Lucas se lance a nuevas travesías. Paraná Miní, ubicado a unos 40 kilómetros de Tigre y uno de los brazos largos que desemboca en el Río de la Plata, fue otro de los viajes que planificaron e hicieron los tres juntos. “Sin conocer nada, con la ayuda de una carta náutica y preguntándole a la gente pudimos llegar. Esa incertidumbre nos generó mucha adrenalina y decidimos ir por más”.

Tras inmiscuirse en sitios digitales especializados y compartir experiencias con otros deportistas, en 2007 fueron partícipes de un recorrido que finalizó en el pueblo uruguayo de Nueva Palmira, ubicado a orillas del Río Uruguay. “Fuimos en verano, tardamos dos días y medio en llegar y nos metimos en caminos insólitos porque tampoco conocíamos demasiado. Remábamos sin parar entre seis y siete horas, haciendo recorridos diarios de más de 30 kilómetros. La verdad que el calor extremo te aniquila y si se suman otros factores como el viento y la corriente en contra o el río abierto, cuesta el doble. Realmente fue un logro haber llegado”, cuenta orgulloso mientras agrega a su lista los recorridos por Carmelo, Uruguay y la Isla Martín García.

En febrero de 2008 el siguiente punto de llegada fue Mar del Plata. Para los jóvenes representaba todo un desafío por lo complejo que es remar en el mar. “Buscamos relatos en distintas páginas de internet sobre personas que habían ido a la costa y planificamos el viaje unos meses antes (…) Esa sí fue la primera travesía grande y tardamos catorce días en llegar, pasando jornadas de ocho horas arriba del kayak. El recorrido fue bastante dificultoso y aunque no lo pudimos completar, haber llegado a Valeria del Mar fue todo un logro”, expresa Lucas quien considera que no estaban preparados y les faltaba más experiencia para cruzar la accidentada geografía de la Bahía de Sanborombón. “Estas travesías implican un desgaste físico importante a lo que se suma el cansancio, la falta de higiene y el hambre. Hay que privarse de un montón de cosas, pero vale la pena el sufrimiento”.

Otro triunfo importante y una de las hazañas más riesgosas, que según Lucas muy pocos han podido lograr, fue el cruce del Río de la Plata, en el invierno de 2009. Al año siguiente, también tuvo la oportunidad de remar en Puerto Madryn entre ballenas, lobos marinos y focas. Los esteros del Iberá fue una aventura similar, “remamos entre yacarés, carpinchos y pájaros. Fue alucinante y uno de los viajes donde tuvimos contacto directo con la fauna”.

Además de esas numerosas odiseas, Lucas se sumó a la “Travesía solidaria” desarrollada en Tigre en la cual se traslada donaciones a la gente más necesitada de la isla en una lancha de Prefectura Naval. Asimismo, desde hace más de cinco años, participa del Encuentro Anual de Kayakistas que se hace en la Isla Martín García durante Semana Santa donde todos comparten experiencias personales y participan de clases prácticas y sorteos.

“La travesía más linda y extrema fue en 2011 cuando me fui solo a Mar del Plata. Programé el viaje veinte días antes y aproveché mis vacaciones de verano. Lo dudé un poco pero me animé. Como ya conocía el recorrido armé el derrotero con el Google Earth, lo pasé a un GPS, envié la nota a Prefectura y compré todo lo que necesitaba. Tardé veinte días, fue increíble haber llegado”.

UN HOBBIE, UNA PASIÓN

Al hacer una reflexión sobre los logros alcanzados en estos siete años de aventura, Lucas manifiesta que “todavía no llegué a mi techo; tengo varios proyectos en mente, sobre todo viajes largos, pero necesito tiempo. Si fuera por mí, remaría de Iguazú a Ushuaia, pero me llevaría cinco meses. Ojalá algún día pueda cumplir este sueño”.

Por el momento, en sus planes está empezar una carrera universitaria y perfeccionarse en diferentes cursos para su formación militar. Al pensar en su futuro, Lucas es consciente de que al formar una familia no haría viajes muy largos pero lo que sí tiene claro es que a su pasión por el kayak no la cambiaría por nada.

“A los que les interesa este deporte y no se animan les diría que lo intenten, que disfruten el contacto con el agua y la naturaleza y que puedan apreciar cosas simples. La aventura es muy gratificante. En mi caso personal, hacer kayak me genera paz y tranquilidad. Para mí es una terapia; me permite encontrarme conmigo mismo”, finalizó.

EL KAYAKISTA, EL CABO

Lucas tiene 30 años, una novia que está ingresando gradualmente al mundo del kayak y una hermana con la que convive desde hace tres, cuando decidieron independizarse de sus padres.

En el 2000 ingresó a la Fuerza Aérea como soldado voluntario y a los pocos años realizó el curso de cabo en el Instituto de Formación Ezeiza (IFE). Su primer destino fue en el Edificio Cóndor, en la ex Dirección General de Personal, luego pasó a Mesa de Entradas General y estuvo un tiempo en la Junta de Investigación de Accidentes de Aviación Civil hasta pasar al departamento de Abastecimiento del Círculo de la Fuerza Aérea donde está destinado actualmente.


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